Sindicatos: El muerto que se asusta del degollado

La frase popular describe con absoluta precisión irónica la retórica de los gremios eléctricos. Apelar al patriotismo y presentarse como los "salvadores de la patria" frente a supuestos depredadores externos o gubernamentales es un ejercicio retórico tan efectivo para sus bases como cínico en su análisis histórico. La realidad fáctica mencionada desarma por completo ese relato de inocencia: los sindicatos de la ANDE no han sido simples espectadores críticos de la política energética del Paraguay; han sido cogestores, usufructuarios y, por ende, corresponsables directos del modelo que hoy nos sitúa en la antesala de la crisis. 62 años de monopolio de facto, con muchas luces y sombras.
Ing. Guillermo López Flores

Han sido décadas de grandes logros, sin duda. Pero aquí tocamos la corresponsabilidad en la degradación, sin prisa y sin pausa en la calidad institucional, a partir de los años 90, poco después del fin de la administración del Ing. Debernardi.

Bajo la sombrilla de la Ley 966/64 y las sucesivas administraciones, el bloque sindical de la empresa estatal ha operado desde el primer intento de reforma en el año 1995 con un poder de veto real sobre cualquier intento de transformación profunda.

Su corresponsabilidad en el estado actual del sector se evidencia en tres dimensiones clave:
El cogobierno institucional: Durante décadas, ningún director o presidente de la ANDE ha podido gobernar con autonomía plena sin negociar cuotas de poder, nombramientos, beneficios laborales hiperprivilegiados y prebendas corporativas con las estructuras sindicales. Han cogestionado la empresa a su medida.
La miopía frente al agotamiento del recurso: Mientras el Paraguay consumía alegremente el espejismo de una energía "inagotable", los sindicatos defendieron a capa y espada un esquema rentístico enfocado en mantener privilegios internos y una estructura operativa rígida, bloqueando sistemáticamente la modernización tecnológica, la diversificación y la planificación a largo plazo.
El doble rasero de la "defensa pública": Denuncian la voracidad de los "depredadores" cuando el Ejecutivo intenta abrir mínimos espacios de competencia o regulación, pero callan olímpicamente ante el uso clientelar y político que históricamente se ha hecho de la ANDE dentro del propio aparato estatal.

La verdadera naturaleza del miedo
Cuando el "muerto se asusta del degollado", lo que en realidad se evidencia es el pánico a perder el control de un coto cerrado. La resistencia furibunda a cualquier cambio en la arquitectura institucional no nace del amor patrio, sino del temor a que una mayor transparencia, una regulación independiente (como el ERE) o una planificación despolitizada (como el EPE) dejen al descubierto las ineficiencias, los privilegios injustificados y el manejo discrecional que han caracterizado al sector durante más de medio siglo.

Pretender culpar exclusivamente a los "nuevos actores" o a los gobiernos de turno de la crisis energética actual, borrando con el codo medio siglo de hegemonía sindical en la gestión de la ANDE, es un insulto a la inteligencia de los que en el país algo entienden.
La antesala de la crisis no es una fatalidad caída del cielo; es la factura acumulada de 62 años de un modelo que los propios sindicatos se han encargado de blindar.

Amnesia colectiva y cinismo político: el estado de casi ruina de la ciudad de Asunción es responsabilidad de los pasados y actuales administradores, legisladores y trabajadores que hoy, con todo desparpajo, se presentan a elecciones como los salvadores. Este caso de la ANDE es totalmente equivalente.

Paradójicamente, una postura sindical verdaderamente digna, lúcida y constructiva habría consistido en ver el vaso medio lleno: reconocer con madurez que el agotamiento del modelo eléctrico actual no es una tragedia, sino el final natural de un esquema que cumplió su ciclo histórico pero que hoy resulta totalmente obsoleto. Lejos de atrincherarse en el pasado, un sindicalismo visionario habría comprendido que la creación de un ente regulador fuerte e independiente —lejos de perjudicar a la empresa estatal— sería el mejor aliado histórico de la ANDE. Al transparentar y garantizar tarifas económicamente reales, técnicas y ajustadas con regularidad, se fulminaría de una vez por todas el cáncer de la eterna tarifa política, liberando a la institución del subsidio encubierto, del populismo tarifario y de la quiebra financiera crónica que hoy la asfixian.